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 AMEZAGA EGUBERRIAK 12-2008  ALZUZA PAMPLONA   

HOMENAJE A PELLO IRUJO


Éxodo vasco. Una reflexión 

Cuando se habla del Exilio del pueblo vasco, se está tocando una de las más perturbadoras facetas de nuestro carácter nacional, y quizá también una de las más inquietantes razones de nuestra sobrevivencia. Desde Roma, y antes de ella, parecíamos condenados a morir, pese al refugio de las montañas pirenaicas, del profuso bosque de nuestro territorio y de los escarpados acantilados de nuestras hermosas costas.

En las paredes de la cueva de Santimamiñe están estampados los rojizos y feroces bisontes, dibujados quizá como el deseo ritual de tocar con la mano del artista, el gigantesco y peligroso animal que, al ser capturado, procuraría sustento a la tribu. No se renuncia a la vida, sino se adelanta en el gesto de la caza, en el osado alejamiento de la cueva y en la adecuación en las técnicas de supervivencia. Eso fue hace más de 7mil años. En esta tierra.

Los escudos de los puertos de nuestra costa muestran la lucha contra la ballena, el leviatán de los mares. Era el peligroso habitante del Golfo de Bizkaia, y también de los mares árticos, y hasta allí, dejando el lar natal, nuestros antepasados se fueron en una lucha titánica y singular. Significaba un reto valiente, un desafío desigual, un potente deseo de conseguir lo que el animal procuraba: carne para la alimentación y sebo para iluminar la siempre larga noche invernal. Eso fue hace mil años. En esta tierra.

Nuestro pueblo presentó cara a estos encuentros que tienen mucho de duelo, pero también en su más que milenaria historia, ha acometido otros, y en el S. XIX y en el XX, se encara a los dolorosos y fatídicos dramas que derivan de las continuas guerras civiles, causadas por los desestabilizadores sistemas políticos del Estado Español, y la centralización administrativa que tanto en España y Francia se llevaron a cabo, y que obligaron a muchos vascos al abandono del lar natal. Eso principió hace 200 años. En esta tierra.

Si toda emigración es resultado de un profundo dolor por abandonar lo que es querido, en el caso de la emigración política, aun lo es más. Tanto en los emigrados de las guerras carlistas del S. XIX, como de la Guerra Civil de 1936-39, el hombre y la mujer que parten llevan en si la lucidez de que son obligados a abandonar su tierra por las armas de los vencedores en la contienda, y que se llevan con ellos, en el camino de su derrota, el patrimonio singular de su idioma, sus costumbres, sus fueros. Dejan sus montañas, pero cargan al hombro sus raíces.

Esto significa responsabilidad y también un clamor de sobrevivencia que, en el caso vasco en América, resulta, como lo estáis palpando en este Congreso, un éxito. Todos los Centros Vasos/Eusko Etxeak, desde la Patagonia hasta el desierto de Nevada, los componen una multitud de supervivientes que siguen hablando la lengua, practicando las costumbres, relacionándose entre sí, atentos a lo que sucede hoy en Euskadi, espectadores interactivos de los problemas que se nos plantean aquí y allí.

Con la edad y las pérdidas, uno se vuelve melancólico, y así es que se llega al momento de escribir Memorias, porque cada uno de nosotros, en palabras del pensador uruguayo Rodó, somos sucesivamente no uno, sino muchos, y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer los más raros y asombrosos contrastes. Esto es cierto para los vascos e hijos de vascos, que crecimos siendo americanos sin dejar de ser vascos.

Por eso, destapé la tapa de ese hirviente caldero de recuerdos que es para mí, mi infancia, transcurrida en Montevideo, Uruguay, y mientras viajaba por mi pasado, cada vez más remoto, me iban renaciendo las esencias vascas que en él trabajaron mis padres, gurasoak, con esa determinación de retorno a la patria/ Aberri, permanentemente recordada, dolorosamente evocada, continuamente señalada en las conversaciones. Cada gesto de aita o de ama, cada palabra, significaban regreso a Euskadi. Retorno.

Y es que el problema del Exilio, que es partida, solo tiene una contraposición, y es la del retorno. Se vuelve o no a la Patria, incluso el problema es para quienes nacen fuera de ella, y se les trasmite esa herencia. Es tal cual un largo viaje de Ulises, siempre en busca de su Ítaca. Aunque al regreso, solo sea reconocido por su perro, porque tanto han cambiado las cosas que aun la esposa fiel, la tejedora, ha perdido la remembranza.

O el peregrinaje de Moisés en el desierto. Para aita, la reproducción de la magnífica talla del Moisés de Miguel Ángel, que presidió sus bibliotecas de Montevideo y Caracas, era un símbolo de su propio dolor y de su destino final. Para nosotros, los hijos, era la carga añadida a nuestras querencias adheridas a otras tierras. Y también sobre los que pesaba la tarea de decidir la ruta.

Que no se piense que es cosa fácil. Tanto cuesta volver como no hacerlo. El desgarro interior es inmenso, y da lugar a esta dualidad que nos conforma: somos americanos y vascos, vascos y americanos. Una vez, en una charla informal familiar, después de largas deliberaciones, pude decir aquello que era como un secreto doloroso: Cada día de mi vida, desde que deje Montevideo y después Caracas, me levantaba pensando en ambas ciudades, que encofraban recuerdos inolvidables y preciosos, y siempre, cada mañana, me dolía por ello el corazón.

Así que para calmar esas sensaciones, y las mucho más dolorosas que ocurrieron después con le muerte de mi esposo y compañero en ese derrotero, decidí hacer de los recuerdos, niebla espesa en el alma, y quizá escuchando uno de las canciones que nos legó la recién fallecida cantante argentina Mercedes Sosa, Gracias a la vida por haberme dado tanto, un fluido río de palabras. También por la ausencia de las cosas, recordaba mientras escribía, el viejo refrán de nuestro pueblo, recogido por Esteban Garibay : EZ eukia, gorde uis/ El no tener, todo es guardar.

En mi mas que modesta obra de Memorias de Montevideo, publicada por Saturraran, la Editorial de Hamaika Bide, que promueve este Congreso, trato de explicar mis vivencias iniciales en tierras americanas, y detallo la de mis padres cuando se enfrentaban a un continente nuevo, a una acogida generosa y el comienzo de una vida que carecía del factor seguridad. Todo era un vivir al día, acomodándose a las circunstancias extrañas que ofrecía la sociedad argentina, en la cual nací, y en la uruguaya, a la que nos trasladamos al poco tiempo.

Es verdad que el círculo que nos rodeaba era el de gente vasca. Es verdad que nuestro segundo hogar era o el Laurak Bat de Buenos Aires o el Euskalerria de Montevideo, pero nosotros, los niños, teníamos además que concurrir a colegios, insertarnos en aquella sociedad que aunque estable, tenía también sus propios exilios interiores.

De eso cuento, así como trato de rescatar esa América india, cuyas profundas raíces culturales nos llegaban a ramalazos confusos. Vivíamos en una cuerda floja, entre el muy variado sentir de esencias nacionales que nos rodeaban. Que nos agobiaban, a veces. Nuestra infancia fue feliz, pero madurábamos en esa ingente sensación de que nuestro sitio en la tierra estaba más allá del mar.

Así, hablo del dolor padecido cuando hubimos de partir y sabíamos que para siempre, de la tierra de Tabaré y Artigas, para enfrentarnos a una nueva, la de doña Bárbara y Simón Bolívar. Y siempre, presidiendo, ese telón de fondo del trasiego viajero, la Euskadi de Axular y Sabino Arana.

Anexa a esta obra de mis memorias, va también una publicada por Eusko Jaurlaritza/ Gob. Vasco, por su Departamento de Justicia, presidido por el entonces consejero Joseba Azkarraga, titulada La Txalupa de Radio Euzkadi, donde a raíz de la muerte de mi esposo, Pello Irujo Elizalde, Goian bego, me sumerjo en los recuerdos de una vívida experiencia política, de los hijos de los exiliados vascos en Venezuela, tan jóvenes, osados y generosos, en sus acciones por la defensa pacifica de la libertad de Euskadi.

De los sueños, ambiciones, generosidades y sufrimientos que semejante hazaña, montar una emisora de radio, en la lejana y bendita y soleada Venezuela, y que emitiera, a 8mil kilómetros a 8mil kilómetros de la patria por los aires vascos un mensaje de libertad y apoyo, y lo que supuso todo eso, para nosotros, los nuevos vascos americanos/ americanos vascos.

Este es, a mi modo de ver, un Congreso que estimula los recuerdos, las vivencias y las añoranzas de generaciones anteriores, pero que también tiene la impronta de una nueva generación, y la resolución de seguir construyendo un país a la medida de nuestros sueños. De nuestras capacidades. De nuestras fuerzas. Porque los hijos y nietos de los expatriados, allí donde estemos, podemos dar testimonio del admirable impulso que determinó las vidas de nuestros mayores.

Hemos luchado contra los bisontes de Santimamiñe, contra el leviatán de los mares, contra la deportación y la expatriación. Ahora, reunidos los vascos de aquí y allí, de allí y de aquí, nos conviene el reposo necesario, en este Congreso unificador, para que el espíritu de los Fueros Vascos, admirables en su sentido de los Derechos Humanos, haga poso en nuestras turbulencias anímicas, y favorezcan que nuestro camino futuro sea más conveniente de lo que fue el pasado de este pueblo.

Agur eta eskerik asko¡¡¡¡¡¡


Octubre 8, 2009. - Arantzazu Amezaga Iribarren

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